Algunos dicen que Santiago es una ciudad imposible. Que hay mucha gente, que los tacos, que las bocinas. Yo misma decía eso antes de vivir acá.
Pero ahora creo que es la forma en mirarla, que ha cambiado mi opinión. Ya no creo que es una selva de cemento, porque ahora estoy en una posición extraña. Es como si a un loro lo encerraran en una pequeña jaula, pero que esa jaula estuviera en medio de una selva. Así veo Santiago ahora. Como si fuera un lugar inalcanzable, pero a 3 metros de distancia. Es una cruel tentación. Y esta cama, al mismo tiempo de ser mi guarida, es mi pequeña jaula. Y veo Santiago desde esa ventana, y los ciclistas pasan mirando como caen las hojas del otoño, y los que manejan con cara larga sus automóviles en los tacos, no se dan cuenta que ellos por lo menos, alcanzan a estirar sus alas. Yo qué daría por ir a dar un viaje, como esos de antaño, a mirar el horizonte en la copa de los árboles.
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